-Es lindo...- dijo la joven pensando en voz alta.
Zulema se dió vuelta, la miró con soberbia y le contestó:
-Claro que es lindo querida, yo misma lo he cuidado.
La mujer seguía mostrándole el departamento y explicándole como funcionaba todo, mientras que Sara en lo único que pensaba era en que firmaran los papeles y esta mujer se fuera.
-Bueno corazón, vamos a firmar el contrato ahora.
Sara se acercó a la mesa y lo firmó sin leer nada. Inmediatamente se dió cuenta que había cometido un gran error. Se olvidó del gran consejo de su padre: "Nunca firmes nada, sin antes haberlo leído del derecho y del revés". Pero el no estaba allí para juzgarla y lo hecho, hecho está.
-Lo único que te encargo querida, es el temita de las fiestas...- empezó a decir Zulema queriendo ser simpática, aunque la falsedad se le notaba a la legua.- porque al lado vive un hombre mayor que está enfermo, abajo hay una familia con un bebé y arriba vive la gente de la administración, viste...
-Quédese tranquila señora. Trabajo y estudio todo el día.- A Sara se le escapó una risita, en que momento quería esta mujer que ella hiciera una fiesta. Si a la mañana trabajaba en el local de ropa, a la tarde atendía un kiosco y a la noche iba a la facultad.
-Bueno, espero que te sientas comoda. Cualquier inconveniente ya sabes donde encontrarme.
-Gracias.- dijo la joven y casi que la empujó hasta la puerta. ¡Que mujer tan irritante!. Al fin la dejaba sola para poder acomodarse.
Dejó la valija y la mochila al lado de la puerta y se fue a recorrer el pequeño lugar.
La cocina era ínfima, apenas cabía una persona. Estaba toda equipada, inclusive tenía un lavarropas automático.
-Buenísimo. No tengo que refregar ropa como en la pensión- dijo Sara en voz alta.
El living-comedor tambien era super chiquito. Apenas cabían una mesa pequeña con cuatro sillas, un televisor y un sillón de dos cuerpos. El pasillo era corto y tenía una puerta a la izquierda y otra a la derecha. Entró primero a la de la izquierda. Ese era el baño. Era hermoso e inmenso. Demasiado grande para un departamento tan pequeño. Casi que desentonaba con el lugar. Estaba igual de pulcro que la cocina. Con azulejos celestes de techo a piso y el juego de baño a tono. La bañera era tan grande que cabían cómodamente dos personas. Quedo encantada con esta habitación. Solo le quedaba por husmear en lo que sería su dormitorio.
Abrió la puerta y ahora sí que se asombro realmente. La habitación no estaba cuidada y limpia como el resto del departamento. Las paredes estaban sucias, y estaban pintadas de un tono color arena que las hacía parecer mas sucias aún. Las puertas del placard estaban rayadas y rotas y el vidrio de la ventana estaba cubierto con una gruesa capa de papel de diario y engrudo mal pegados. Sólo había un sommier de una plaza y media, colocado en diagonal, justo en medio de la habitación. Entró lentamente y puso la cama contra la pared frente a la ventana y abrió las puertas del placard. De este salieron varias polillas y un olor bastante extraño. Supuso que se le hacia tan raro por que el resto del lugar olía a desodorante de ambientes y alli olía a encierro. Quitó de varios tirones el diario de la ventana y la abrió de par en par, para que entrara aire y luz solar. Fue a buscar sus cosas y comenzó a armar la cama. Le puso unas sabanas floreadas y un cobertor color salmon a tono, que le había regalado su mejor amiga Lucía.
A propósito, había quedado en llamarla ni bien terminara de instalarse.
-Ya estoy acá- dijo Sara con una gran sonrisa en el rostro.
-Genial, en media hora estoy allá -dijo Lucía
-Te espero.
Sara cortó la llamada y se dispuso a ordenar la poca ropa que tenía en el placard. Pero el olor era insoportable. Asi que lo desinfecto y pensó que seria mejor ventilarlo y esperar unos días a que el hedor se fuera. Decidió que las puertas de la izquierda no las iba a utilizar y tampoco los estantes de arriba.
Mientras terminaba de limpiar los vidrios sonó el portero eléctrico.
-Abrime- le gritó Lucía sin decir "hola" siquiera
-Entrá- dijo Sara.
Lucía entró, subió por el ascensor y tocó el timbre en la puerta de su amiga.
Mientras Sara terminaba de limpiar la habitación Lucia le cebaba mates.
-¿Y esa caja que esta ahí arriba? ¿Mataste a alguien y lo escondiste ahí?- Lucía siempre tenía ese humor negro que a Sara tanto le molestaba.
Ella no había visto, que en el estante superior del placard habia una gran caja negra.
-Traeme una silla del living que la bajo y miramos- dijo la muchacha curiosa.
Lucía le alcanzó la silla y Sara se subió.
-Ayudame nena, es muy pesada y no la puedo bajar- le dijo Sara a su amiga.
-Es lógico, los cadáveres pesan mucho.
-Calláte por favor y ayuda- Sara ya se estaba molestando.
Con mucho esfuerzo lograron bajar la caja y la pusieron sobre la cama. Era un gran baul negro que parecia antiguo y costoso. Lo abrieron y la cara de decepción de Lucia hizo reir a su amiga.
-¿Que esperabas encontrar morbosa? - le dijo Sara irónicamente.
-Y... Algo mas interesante que media tonelada de fotos viejas.
Se quedaron un rato mirando las fotos y despues pusieron la caja de nuevo en su lugar.
-Me tengo que ir porque llego tarde al trabajo - dijo Lucia - Mañana paso y te traigo un regalito.
-Dale, mañana nos vemos- se despidió la muchacha.
Sara estaba un poco cansada asi que se comió unas empanadas que había pedido y se acostó a dormir.
Al otro día siguió con su rutina de siempre. Por la tarde paso Lucía y le dejo el "regalito", que era nada mas y nada menos que un gato. ¿Cómo iba a hacer para cuidar un gato si estaba casi todo el día ocupada?
-Para que te haga compañia- le habia dicho su amiga.
Subió con el gato al departamento, le puso en un rincon del living un almohadon mullido y en la cocina un plato con comida, otro con agua y otro con leche. Sara nunca habia tenido mascotas pero el gatito era bastante amistoso.
-Te vas a llamar Felipe- le dijo, como si el animal la entendiera.
Ya habían transcurrido dos meses desde que Sara habia llegado al departamento. Se había adaptado bastante bien y Felipe alegraba el hogar. La única incomodidad era el hedor pestilente que salía del placard. Prácticamente había probado todos los trucos de limpieza que existian para quitarlo pero nada funcionaba. Se le ocurrió que tal vez podía ser que las maderas internas fueran demasiado antiguas y estuviesen podridas o apolilladas y por eso el olor nauseabundo. Había pensado en cambiarlas pero una de las cláusulas del contrato era que no se podían hacer reparaciones en el lugar, y Zulema era una mujer con un carácter tan fuerte, que era preferible cualquier cosa antes que contradecirla. Tal vez lo podía hacer en secreto. Habia un cliente del kiosco que se encargaba de hacer reparaciones en casas y seguramente la ayudaria.
Esa misma tarde habló con Luis. Y el hombre quedó en ir a ver el problema dos días mas tarde. Al parecer tenía bastante trabajo y a Sara le quedaba bien por que era su día libre.
Esa noche cuando llegó al departamento notó algo extraño. Felipe no corrió a hacerle carantoñas como de costumbre. Lo buscó por todo el departamento, por el edificio, por el barrio, lo publicó en facebook, instagram. Parecía que se lo había tragado la tierra. Al otro día a la mañana llamo a Lucía para contarle lo sucedido.
-Es normal Sari...- le dijo Lucía muy tranquila- los gatos siameses son así. Desparecen de un día para otro. A veces se tiran de los balcones. Se suicidan.
-¿Me regalaste un gato que se iba a suicidar?-pregunto Sara enojada y le cortó.
Se terminó el café y se fue a trabajar. Entre trabajo y trabajo no volvió a su casa. Era triste entrar y que no estuviera Felipe dando vueltas por ahí.
Al otro dia tocan el portero eléctrico bien temprano. Era Luis.
-Soy Luis nena. Disculpá que vine a esta hora pero me surgió un compromiso a la tarde.
-Esta bien. No hay problema. Suba.
Le abrió la puerta y lo condujo a la habitación.
-Lo que podemos hacer es cambiar las maderas y poner unas iguales. Asi la dueña no se da cuenta y no tenes problemas.
-Lo que usted diga con tal de que esta pestilencia se vaya.
-Bueno, bajo a buscar las cosas y vuelvo.
Luis se fue a comprar las maderas y en media hora volvió. Sara habia aprovechado para bañarse y mientras el hombre preparaba las herramientas en la habitación Sara preparaba mates en la cocina. Luis la llamó con un grito.
-Mirá nena, acá hay como una puertita...- decia mientras sacaba las maderas.
De repente Luis soltó el martillo y lo dejó caer al suelo y Sara emitió un grito desgarrador. Lo que vieron detras de esas maderas era indescriptible. Entre los escombros había, lo que parecia ser un humano semi encorvado, viviendo en sus propios desechos, comiendo sus propias heces, completamente desnudo y herido. Tenia la piel tan blanca por la falta de luz solar que incluso en aquella oscuridad podían verse claramente sus venas azuladas y verdosas. Tenía acurrucado en su pecho algo peludo. Sara vió con horror que era su gato. Muerto y en estado de descomposición. La criatura del placard los miró e hizo una mueca similar a una sonrisa pero diabólica, no tenía dientes, solo unas encías hinchadas y negras, tenía los ojos desorbitados y se le caía la baba.
Sara saltó por la ventana. ¿Qué otra opción le quedaba? ¿ Quién podía vivir con esa imagen dando vueltas en su cabeza?
De Luis, lo único que se sabe es que nunca regreso a su casa.
Me gustó tu forma de relatar, es como si de verdad hubieras presenciado todo.
ResponderEliminarMe gustó...Aunque me hubiese gustado más, un poco más extenso,para darle otro sabor al final...no se indagar antes de llegar al ser encontrado, llenar de ruidos en la noche, además del olor, de que las fotos tuvieran algo en ellas que nos hicieran pensar algunas cosas previas...pero te felicito muy bien contado, te adentra en la historia, los diálogos ni en desarrollados, y sobre todo te atrapa...no dejes de hacerme saber tu siguiente historia será un placer leerla
ResponderEliminarMucho éxito
Se despide Juan Carlos Lara
Juanclmaster@gmail.com
Muchas gracias!!
EliminarAcabo de escribir el primer capitulo de la siguiente historia. Espero que lo disfrutes.